

Pequeña reflexión de indignación contenida, sin ánimo de entrar en polémica. Lo digo ahora, y no contestaré a ningún comentario al respecto, ni a favor ni en contra. Las procesiones de Semana Santa, que vistas desde fuera y por quienes no comulgamos con el tema, son una negra manifestación de devociones funerarias, han atravesado estos años de reivindicación de una sociedad laica respetadas por tirios y troyanos. Ahora son los mismos que deberían cuidarlas y protegerlas quienes las bajan al terreno político. De lo suyo comen, pero que no vengan con falsos escándalos cuando un paso sea detenido por una manifestación de mujeres reivindicando el “nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Mi benjamín, Fernando, (casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, un 50 de pie) en estado transitorio de catalepsia zombie después de una semana de fiestas. Forma parte de esa generación que ha crecido en la sociedad del bienestar y que piensa que ciertas cosas, que han costado tanto de conseguir, siempre han estado ahí y seguirán estando siempre. ¡Que Dios reparta suerte!