domingo, 1 de noviembre de 2009

Todos los Santos

Anna cumpliendo fielmente con la tradición de limpiar las tumbas de los familiares difuntos, como corresponde. Se siente obligada a seguir los pasos que le marcó su madre, por eso no me resisto a traer aquí lo que, alla por el ya lejano 2002, escribió sobre el tema en "El raspall", su columna semanal.

"Como cada año, mi madre, mis tías y una servidora, junto a varios centenares de conciundadanas, hemos desembarcado en el cementerio, con las bayetas, el pozalito, el cristasol y el tío del Netol, para dejarlo como los chorros del oro. Hay que asear las tumbas de los familiares muertos, en una demostración póstuma de atención femenina. Una ocasión de recordar a esas personas a las que has querido tanto, y también, lo reconozco, de criticar a la vecina, que, veas tu, tiene la tumba del difunto hecha un asco.
No les voy a engañar. Voy por tradición impuesta, porque ha sido así desde siempre y porque, como dice mi madre, "Nos toca a nosotras. Los hombres no sirven para esto". Y lo dice pensando en ese miedo cósmico, ese reprelús metafísico que les entra a los reyes de la casa cuando les enfrentas a las cosas básicas y fundamentales de la vida (nacer. morir, amar,...) y que, como son tan listos, han delegado dese siempre en nosotras, mientras ellos juegan a ser importantes.
Desde las lápidas, nos observan mujeres de todas las edades, que, seguramente, estan pensando esto mismo. A algunas las he visto allí desde que empecé a acompañar a mi madre. Otras llegan nuevas cada año. Jóvenes, más mayores, antiguas, modernas,... pero todas tienen esa mirada de haber descubierto que alguien les jugó una mala pasada en su papel de mujeres. Algunas reflejan resignación, pero otras, aún ahora, muestran el cabreo de haberse dado cuenta tarde. De haber perdido la oportunidad de darle una patada en el culo a más de uno."


Aprovecho para subir dos nuevos retratos del otro lado, estos con autoretrato incorporado.

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